La asociación > ¿Cómo Nacimos?
 
   
     
   
   
   
 
 
 
     
 

ANIA está inspirada en la experiencia de niño de Joaquín Leguía Orezzoli.

En un jardín abandonado de 800 m2, separado de su casa por un muro, encontró un refugio que le brindó seguridad y afecto. No hubo metro cuadrado por el cual no se haya arrastrado, ni planta y escondite de animales que no haya conocido. De pequeño experimentó el divorcio de sus padres, como muchos otros niños y niñas, y ese espacio le ofreció un escondite cuando lo  necesitó, además de un árbol dónde trepar y tocar las nubes cuando quiso volar. Desde ahí pudo ver un mundo natural que se extendía infinitamente tras las paredes que cercaban su jardín.

A los 9 años viajó por primera vez a la selva, y cuando vio por la ventanilla del avión el enorme manto verde amazónico, dijo: “¡Uy, qué tal jardín!” Recordó haber sentido una alegría inmensa y mucha paz. Pasó todas sus vacaciones, hasta los 12 años, en Yarinacocha, un lugar de la Amazonía peruana, viviendo un sinnúmero de aventuras en los bosques de dicha localidad, junto a un pequeño grupo de niños shipibos.

Un año después, su madre le comentó que el “terreno”, como le decían a su jardín, iba a ser convertido en una loza de cemento para hacer deporte. Meses más tarde, los árboles y el pasto ya eran historia. Años después se enteró que la selva que recorrió de pequeño había desparecido como resultado de la expansión agrícola y urbana.

Mágicamente el espíritu de su jardín y de esa selva talada habita en él, dándole la seguridad y libertad para velar hoy por la vida y la diversidad que alberga este mundo. Es esta experiencia  que inspira a Joaquín crear ANIA, con el anhelo de que nos haga más conscientes de que el mundo es fiel reflejo de nuestros corazones; ya que el suelo de ambos lleva la misma tierra y por él circulan el mismo aire y agua. Es en este concepto de unidad que creemos que la educación debe ser encauzada, y enfrentadas la pobreza y degradación ambiental para cambiar el destino de la humanidad.